El ruido desatado alrededor del caso de
María Corina Machado es el mayor y más resonante triunfo cosechado por la
aguerrida diputada en los últimos tiempos. Poco importa si logró hacer uso de
la palabra en la OEA o no, más bien al impedírselo le regalaron una plataforma
mediática infinitamente mayor que la que hubiese tenido dentro de un proceso
sin sobresaltos. Gracias pues señores representantes de los gobiernos de la OEA
que amparados en subterfugios reglamentarios y amarrados por el bozal de arepa
ayudaron a nuestra súper diputada para hacer conocer la situación que se vive
en Venezuela.
Ayer, en la sala de espera de una oficina
pública, una señora, de apariencia popular ella, nos comentaba que el tema de
la Machado no era del interés del pueblo ya que no contribuía a bajar el precio
de la harina precocida ni a hacer más llevadera la aventura de adquirir
alimentos en los mercados de las redes gubernamentales, pero esa misma señora
sí reconocía que otra mujer, María Corina, tenía el guáramo de aguantar lo que
sea sin rebajar su dignidad ni cejar en su lucha por restablecer la democracia
en el país y demostrar al mundo los abusos que se cometen bajo el amparo de una
interpretación selectiva y arbitraria del marco legal. Para el oficialismo tal
conducta es traición a la patria, para los demócratas es una expresión de lucha
legítima que -lamentablemente- viene cobrando un precio demasiado alto en
sangre.
Este columnista no puede dejar de expresar
el rechazo visceral que le causa el Cap. Cabello quien desde la presidencia del
Parlamento se comporta como un bravucón de barrio dejando de lado la majestad
que su investidura de presidente de la Asamblea Nacional le confiere y le
obliga a respetar. Ese señor, al igual que el que ocupa la jefatura del Estado,
se solazan en exhibir la Constitución Nacional -cuyo librito siempre tienen a
mano- para avalar todos sus atropellos arropados en el comodín de “el pueblo”
cuya representación exclusiva se atribuyen. Pues bien, en ese mismo librito se
manda a renovar a tres de los cinco miembros del CNE que tienen sus períodos
vencidos, a más de diez magistrados del Tribunal Supremo en igual condición, a
elegir Contralor General de la República tras la muerte del Sr. Russian hace
casi tres años, etc., y en cuanto a María Corina, si ella debe ser excluida por
servir a un país extranjero pues el mismo criterio debiera aplicarse al
diputado oficialista Adel El Zabayar quien acaba de regresar de haber servido
en el ejército de Siria en su lucha contra quienes combaten para derrocar al
gobierno de Damasco.
Es evidente pues que no se trata de
mantener la virginidad impoluta de la norma jurídica aplicada por igual sin
distinción sino que la cuestión es valerse de cualquier argumento por más rebuscado
que luzca y por más discriminatoria que sea su invocación para poner “el
derecho” al servicio de una causa política cuya resolución ya está dictada de
antemano. Ese es uno de los rasgos que caracterizan a las neodictaduras del
siglo XXI diferenciándolas de las tradicionales de antaño en cuanto a la forma más
no en el fondo.
Diario El Universal -
Caracas.

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